martes, 22 de diciembre de 2009

Adiós, en serio.

Después de todas las tardes, de las mañanas frías, después de haberte encontrado sin estarte buscando. Después de todas las palabras, de los benditos y a veces dolorosísimos silencios. Después de esa ternura tuya, espontánea, inesperada, que curaba los miedos, que conmovía hasta a mis monstruos. Después de tu inocencia, tus ojos preguntando no sé qué cosas que no decías. Después de las noches en que alejabas las sombras y los oscuros jinetes del abandono con sólo abrir los brazos y dejarme entrar en ese hueco. Después del mar, después de la luna y la alta marea, después de esconderme en tus brazos, en tu cuerpo, después de haber dormido así, cerca, tan cerca que tu piel era mi aire. Después de todos los besos, todos los labios tuyos que yo besaba, con amor, con ternura, con furia, con miedo, con tristeza, con cansancio, con impotencia, con alegría, con esperanza, sin esperanza. Después del enojo estabas tú para abrazarme, para decir "no es cierto". Después de todos los pasos, ojos, después de todas las calles, los paisajes, las botellas, los cabellos, los desvelos, los mareos, las risas, las lágrimas, después de todas las distancias, los semáforos, las canciones, los silencios otra vez, después de todas las miradas, después de todas mis noches, después de toda mi tristeza, después de mis anhelos, mi locura, después de mi miedo, después de mis celos, de mi sonrisa, de mis ganas de creerte y no poder creerte más, después de tu hastío, después del cansancio, después de volver y volver y ya no vas a volver. Después de tus ojos, de haber amado tus ojos más que al sol, más que a las estrellas que están tan lejos. Después de todo quedo yo, aquí. Y miro cómo te vas.

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