domingo, 17 de junio de 2007

La Mujer más Gorda del Mundo.

Soy un ser humano. Como cualquiera. Como pocos. La gente dice que soy muy gorda. La gente dice muchas cosas de mí que son mentiras. He oído, cuando camino por las calles de este pintoresco y triste pueblo, que las madres dicen a sus hijos: “Mira, esa señora está muy gorda porque come niños.” “Esa señora se comió todos los pollos de la granja de Agustín.”
Y los niños al verme, corren, porque creen que me los voy a comer, creen que arrancaré la escasa carne que tienen pegada a los huesos con mis dientes de león y mis garras de buitre.
Yo sólo me río.
Una vez traté de comer pollo, pero no pude, me puse a llorar cuando ensarté un pedazo de su carne en el tenedor. Se lo di de comer a mi perro, lo devoró en un santiamén.
Siempre he tenido la curiosidad de probar la carne, pero no puedo.
Una vez en un restaurante pedí pescado, pero, aunque nadie me cree, el pescado me miró, y de sus ojos comenzó a brotar sangre, su sangre manchó a todos, al mesero, a la señora con el vestido elegante, a los niños gordos que robaban los postres de las mesas vecinas, yo sólo grité y antes de salir le dije al gerente: deberían quitarle los ojos a los pescados que sirven porque cuando lloran manchan a todos de sangre.
El gerente me miró con lástima y me dijo: pobre gorda loca, se ve que nunca ha estado en un restaurante fino como este…
Pero yo no entiendo a qué se refería con eso de que su restaurante era fino, porque en los platos de la gente había animales muertos, había hígados, corazones, testículos, estómagos y uno que otro desecho. Luego comprendí que los ricos comen todo lo que se les ponga en un plato de porcelana con cubiertos de oro. Podrían comerse a sus madres si así se las sirvieran.
Muchos dicen que no es posible que esté así de gorda si no como carne.
Pues eso tampoco lo entiendo yo, creo que estoy así de gorda porque me trago todo, lo que siento, lo que pienso, lo que me duele, porque de sólo ver cómo comen los demás me da asco la comida.
Una vez trabajé en un circo. Porque llegó un circo al pueblo y fui a ver a los payasos y a los acróbatas. Había un “Teatro de Fenómenos”, al principio no entendí, pero luego me di cuenta de que gente poco común interpretaba obras de teatro, sí, esa noche interpretaron la más clásica, la que todo el mundo conoce: Romeo y Julieta, de William Shakespeare, sólo que Romeo era un enano que con zancos apenas medía noventa centímetros y Julieta era un hombre que tenía un extraño cuerno en la frente y que estaba vestido de mujer. Me dio mucha risa.
Al terminar la obra, el dueño del circo me detuvo en la entrada y me dijo: “oye gorda, tú harías una buena Julieta, no me agrada el hecho de que dos hombres se besen, además, le vas a gustar a la gente.
En ese entonces yo sí estaba muy deprimida por mi cuerpo, creía que una inmensa masa de sebo no serviría jamás, y que nunca nadie volvería a quererme como lo había hecho Emiliano.
(Emiliano era un carnicero que al verme se enamoró de mí. Decía que si encontraba una res del mismo volumen que yo, no pensaría dos veces en matarla y comérsela. Siempre me hacía “espléndidos” regalos. Una vez me llevó el corazón de un venado, dijo que simbolizaba su amor por mí. Otro día me regaló el estómago de una vaca y me dijo que me lo comiera, yo le dije que no podía y se enojó, me dijo “pinche gorda, maté a la mejor de mis vacas para darte de comer y así me correspondes, no me dirás que estás así de mofletuda porque no comes más que aire.
Ese día me hizo llorar, porque me tuve que comer el estómago de la vaca para encontrar un anillo de oro y una nota ensangrentada que decía “te amo culona”, corrí al baño a vomitar.
Al día siguiente me preguntó: “¿te gustó mi regalo?”, yo le di el anillo y le dije: te odio enclenque, nunca había comido carne, nunca había comido animales muertos y tú me obligaste a hacerlo.
Sacó un cuchillo del cajón y cerró puertas y ventanas, hizo ademán de encajarme el cuchillo en el corazón y dijo “mira gordita, si hoy es el último día que vas a estar aquí, te voy a violar, y luego te voy a sacar el corazón, y un día, cuando tenga mi rancho y mis amigos vayan a visitarme y vean tu corazón en un pedestal, agusanado, les diré que fue de una res, la más gorda que tuve.” En su intento de violación yo no me resistí, le dije: serás el primer hombre que me hace el amor. Lo hice sentir importante.
Pero lo cierto es que cuando pudo quitarme la ropa le dio un paro cardiaco y ahí se quedó tirado.)
Así que sin más rodeos acepté ir a trabajar al Teatro de Fenómenos.
Fueron tiempos ‘gloriosos’ en mi vida, la gente decía que era una hermosa Julieta y que Romeo no podía estar mejor, ahora Romeo era el hombre del cuerno. Llegué a acostumbrarme a besarlo y terminamos enamorándonos. Él me regalaba flores, perros, gatos, dulces, cigarros y libros. Y él nunca me hizo sentir mal, nunca me gritó ni me echó en cara que era una obesa.
El hombre del cuerno fue el amor de mi vida.
Pero bien dicen que nada dura para siempre, aunque cruel, es la verdad. El hombre del cuerno, el único que me amó, murió.
Un día, en una de nuestras interpretaciones, él se acercó al balcón, que era uno de los trampolines donde los acróbatas se jugaban la vida, no sé por qué razón nos cambiaron ahí, tuvo que usar unos zancos que medían dos metros, al tratar de alcanzarme uno de los zancos se partió, su cuerpo se quebró como si fuera todo de cristal, era una altura tremenda, aún con zancos tenía que brincar.
Fue muy triste. Cuando bajé a verlo estaba desfigurado. Su cabeza estaba hecha añicos y el cuerno se desprendió de su frente. Lo guardé como un tesoro, aún lo tengo.
Después de su muerte renuncié al Teatro de Fenómenos y encontré trabajo en una clínica que por cierto no era muy común. Ahí había cuartos para la gente, cuartos con las paredes pintadas de blanco. Metían a la gente y los ponían a dibujar en las paredes lo que ellos sentían. Me mostraron el cuarto donde estuvo un asesino.
Los primeros dibujos, todos tenían que ver con la muerte, eran de hombres y mujeres matándose, de niños matando a otros niños.
Luego en otra pared había dibujos de ángeles, muchos ángeles que desde el cielo miraban todo.
En otra pared estaba él, mirándose en un espejo y con mucha tranquilidad en su rostro.
La última pared estaba en blanco.
Me explicaron que los pacientes, cuando se recuperaban, ya no dibujaban nada en la última pared. Que esto significaba que estaban listos para empezar sus vidas como si hubieran vuelto a nacer.
Al principio pensaba que eran unos estúpidos, porque ¿cómo un asesino podría ‘regenerarse’?
Pero más tarde vi que sí funcionaba.
Conocí a un niño. Se llamaba Jonás. Este niño podía leer la mente. Entonces yo no necesitaba mover la boca, me decía “ay Argelina, tú no necesitas que dios te mande un ángel, tú eres un ángel”, y luego yo pensaba ¿cómo una enorme bola de carne puede ser un ángel? Y él me decía “un día, Argelina, te vas a morir y toda esa carne se pudrirá, Argelina: lo que permanece es el alma, la esencia, y tú eres un alma noble.”
Jonás dibujaba toda clase de cosas en las paredes, dibujaba los pensamientos de los demás. Pero un día sólo me dibujó a mí, era una figura grande, enorme como yo, y desde dentro salía una luz. Jonás me dijo que yo tenía el poder de leer la mente, igual que él, que todos lo tienen pero que unos lo desarrollan y otros no, me dijo también que eso se debía a que nosotros somos más sensibles y menos automáticos, y era verdad.
Uno de esos días le llevé a Jonás un libro de los que me había regalado el hombre del cuerno, el amor de mi vida, el niño lloró y me dijo “Argelina, tú eres mi ángel, siempre lo serás”. Tomó el libro y en un parpadeo lo leyó.
Esa noche me quedé a dormir al lado de Jonás, en un sillón, al día siguiente ya no respiraba. Yo escuché una voz que decía “no estás sola” y sonreí.
Poco tiempo después de que murió Jonás me despidieron, porque era una empleada y no debía relacionarme con los pacientes, muchos lloraron cuando me fui.
Gabriel, que había sido un asesino, me dijo que me extrañaría y que mataría porque no me fuera. En efecto, mató a varios doctores, a uno le encajó un bisturí en la yugular, a otro lo ahorcó y a otro le inyectó veneno, pero aún así no me regresaron mi empleo.
Y Gabriel fue a dar a la cárcel.

Creo que ese fue el trabajo que más amé, la gente me quería ahí, nunca nadie me dijo que era una gorda, nunca me hicieron sentir mal porque no como carne.
Creo que aunque eso forma parte de mi pasado, aún lo vivo.
Cuando voy al pueblo algunos me saludan con gusto, otros corren porque creen que me los comeré.
Pero yo sólo quiero vivir, para recordar, para seguir conociendo el mundo en que me tocó existir.
Aún pienso en Emiliano, en el hombre del cuerno, en Jonás y en Gabriel. Me dijeron que éste ultimo se suicidó porque estaba enamorado de una mujer a la que nunca le pudo decir que la amaba. Una mujer de la que lo separaron. Muchos dicen que esa mujer soy yo.
Pero no sé. La gente habla muchas cosas que no son ciertas.
Yo no como niños.
No puedo ver un pollo muerto sin llorar.
Siempre he sido muy débil, siempre he creído en el amor y en el respeto.
Voy a caminar por el pueblo. A ver qué me encuentro. A ver si trabajo en algo, a ver si puedo comer aire.
Mi vida no es el infierno que todos creen que es…

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