viernes, 6 de abril de 2007

Lost and Found

Lost and found

Bajo este cielo de humo, bajo este cielo pintado por el gris de las almas
Hay ojos que aún se abren, pies y hombres que caminan hacia la muerte
dosificada en ocho o más horas diarias,
todos los días entran a la boca de un edificio horrible que los devora y los exprime
hay carros que andan desesperados como si en verdad fueran a algún lugar
gentes perfumadas y recién lavadas que miran sus relojes y se apretujan unos contra otros por un lugar en el subterráneo
señoras preocupadas por sus bolsas, por lo que uno no es, por lo que uno es y existe
niños que se emocionan por el traqueteo del tren, que imaginan ir hacia cualquier lugar menos a una mugrosa estación del metro donde no espera nadie sino más gente cansada, triste, medio muerta, medio ciega, que no puede ya fijarse por dónde va, ni sobre qué corazones camina.

Bajo este techo cenizo, medio húmedo que imita al Cielo
Corro, soy una hormiga entre las gentes que siempre tienen a dónde ir
Soy una flema que se desplaza como una sombra, un sonido ahogado y terrible que chilla en lo más bajo, que se mantiene muy tenue en medio de todos los otros ruidos de la ciudad. Corremos hacia atrás, cada vez más lejos de nosotros mismos
¿Y qué importa, preguntan tus ojos tras los cristales? Tal vez no importa mientras los camiones sigan rugiendo en cada alto, tal vez no importa si cada vez que sales te preguntan si tienes monedas, si puedes comprar algo, si puedes consumir hasta que vomites por todos tus agujeros, tal vez no importa si la música sigue siendo ese golpeteo sin sentido que se deja escuchar al fondo de tu cuarto, si eso es todo, tal vez no importa que la gran rueda siga girando hasta sacarnos sangre, lágrimas y gemidos, tal vez no importa nada, tal vez no importa ir todo el tiempo cayendo, chocando contra paredes y cuerpos.

Ríes.
Tu risa cae como navajas sobre el despellejado. Tu risa corroe los enunciados, los dolores, perfora razones, taladra los días, despedaza la historia.
Los rostros de todos los que se dicen locos pero que se aburren de su inevitable cordura y se ahogan en botellas que los van vaciando cada vez más.
La calle es el abismo, el escenario. Gente que viene y se borra, gente que observa a otras gentes y que jamás se cuestiona. Ríes. La gran máquina ha dejado de ocultarse, ahora camina y tritura cráneos, corazones aún vivos.
Las cosas que hacemos ya no tienen alma.
Todo el tiempo corremos, vamos a vivir, no hay tiempo, vamos a hacer que vivimos, no hay tiempo,
Llegar al sitio que llamamos casa y estarnos ahí como otro mueble.
La vida debe ser otra cosa, muy lejana, muy contraria de esto.
Escucha…

Estarse en silencio para algunos es tortura. Hay que hacer ruido. Hay que gritar, dar de patadas, golpear los metales, hay que hacer ruido para no pensar, para no sentir ese gran hueco que es la ausencia. Vamos, pues, a anestesiarnos más aún. Sí. Vamos a mover la boca, seamos los títeres, no diremos nada, no escucharemos a nadie.
Que caiga el estruendo sobre nosotros. Vamos a suponer que estamos viviendo. Que esto es la vida, la gran vida. Esta apariencia, ignorémosla, creamos pues, que estamos existiendo y que no hay nada más que hacer que aturdirnos y olvidarnos.

Bajo esta manta pintada de cielo. Está bien. Juguemos.
Esta es la guerra. La guerra que nos hacemos unos entre otros, algunos sin darse cuenta.
No siempre se necesitan armas para matar.
Estas balas que usamos en la ciudad no desangran el cuerpo.
(no todavía)

Gente que pasa.
No miramos ni siquiera nuestro camino, hay miedo, hay terror, hay ese pánico que se vuelve cada vez más hediondo y espeso.
Anuncios tamaño náusea dicen lo que “deberíamos” ser.
Y muchos matan por ser…
Mueren por ser,
Pero mueren por ser,
No somos…

Basta.
De mirar al otro desde lejos, desde nuestra miseria mirar la miseria ajena.
Deseos de tener lo absurdo, lo inútil (que creemos necesitar), de mirar el reloj como si el tiempo se encerrara en esa diminuta y ridícula esfera,
mírenme, hago millones por exprimir gentes como si fueran frutas,
mírenme, en la cima de esta mierdosa montaña acumulando todo lo que aquí se va a quedar,
mírenme, alábenme, estoy arriba, lejos de todo lo que pueda tocarme, he dejado de ser, de sentir, de pensar.
Me yergo como el dios de la porquería. Compre todo lo que no pueda comprar. Compre todo lo que no necesita (siempre habrá alguien que lo convenza de lo contrario).
Aquí estoy, como el gran signo, se arrodillan ante mí y matan por mí. El gran signo, el inanimado signo ha cobrado vida y está casi hecho uno con cada alma.

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